El amoroso himeneo que durante breves pero intensos momentos compartieron el Partido Social Cristiano y Unión por la Esperanza, nos demuestra la debilidad ideológica de las fuerzas políticas de nuestro país. Marionetas televisivas repiten incansablemente que los intereses del país deben estar por encima de las ideologías. Olvidan, sin embargo, que la elección de esos intereses no es objetiva, al contrario, la determinan prioritariamente las ideas que profesemos. De forma que resulta muy cómodo decir que se pactó por amor a la Patria o por la imperiosa necesidad que impone la crisis o por cualquier otra proclama lírica e insulsa, pero el hecho cierto es que no es posible confiar en quien, traicionando su propio pensamiento, se traiciona a sí mismo y a sus electores.
Las ideologías importan, son las maneras de ver el mundo que se condensan en idearios partidistas y en programas de acción política. Son formas inteligentes de actuar, contrarias al ejercicio impulsivo y mesiánico del poder de los líderes populistas. La diversidad de las visiones del Estado es el combustible que aviva la llama de la democracia. Pretender que todo el mundo piense de la misma forma y que siga a ciegas supuestos intereses nacionales es una aspiración antidemocrática que, en otras épocas, ha llevado a lamentables consecuencias.
Las manidas alusiones a un gastado pragmatismo político no son sino tristes justificaciones para el vergonzoso perjurio que supone subastar las ideas y adjudicarlas a cambio de prebendas o de momentáneo brillo oficial. La democracia ecuatoriana, hoy igual que siempre, antes que pactos necesita ideas.
Carlos García Torres
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