Agosto de 1809. Las piedras de las calles de Quito devuelven el eco de las voces que conspiran en las casas de los criollos más importantes de la ciudad. El Conde Ruiz de Castilla mira por la ventana y recuerda como, desde hace algunos años, impulsados por ese médico de apellido Espejo, los escritos ilustrados han esparcido una simiente de rebeldía entre muchas familias quiteñas. El presidente de la Real Audiencia, sin embargo, sonríe confiado. Sabe que el poder de su ejército, así como la adhesión rastrera de ciertos sectores, lograrán detener cualquier brote de insubordinación. En otra casa de la pequeña ciudad colonial, Manuela Cañizares alienta a los complotados cuyos espíritus, al acercarse la hora suprema, empiezan a llenarse de miedo. Llegará el día diez y un asombrado Conde verá como aquellos ideales afrancesados lo despojan de sus poderes omnímodos, al tiempo que encienden una llama libertaria que, pese a muchos reveses, ya no podrá ser extinguida.
Agosto de 2021. En el salón del cabildo quiteño se reúnen alcalde y concejales para conmemorar una fecha cuya importancia no solo atañe a Quito sino a todo el Ecuador. Los ediles se sientan con desgana mirando sus teléfonos celulares. El ambiente está cargado por varios meses de intrigas, de puñaladas por la espalda, de manos que dan y manos que reciben, de aceites varios que, oportunamente untados, mueven diversas maquinarias del poder y del dinero. Uno de los concejales, sediento de notoriedad, se vale de la violencia para ultrajar y humillar no a un mero funcionario, que en el ir y venir de la historia poco importa, sino a la majestad de una fecha y de un acontecimiento patriótico que, evidentemente, está lejos de su muy limitada comprensión.
Carlos García Torres
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