Yasmina Khadra decía en su obra “Vivir es ante todo estar preparado para que a uno se le desplome el mundo encima”.
La toma de Kabul por los Talibanes provocó aquello, una derrota moral, un desplome que aplastó la dignidad y las libertades de miles de personas y sobre todo de las mujeres afganas. Afganistán volvió a ser el Emirato Islámico donde la vejación, la humillación y el asesinato es una posibilidad legal y religiosa.
Un estallido que muestra los terribles efectos de una política intervencionista, de los fanatismos políticos y de los fundamentalismos religiosos. Acciones que han encaminado al colapso de la sociedad y de la civilización humana.
La Sharia se reinstaura con terror absoluto para las concepciones occidentales, y para los propios solo queda el exilio o la resignación. Desolación que las mujeres volverán a encerrar tras cuatro paredes y cuerpos con lágrimas en piel que el Burka cubrirá.
Hoy más que nunca la lucha de género tiene su asidero en el debate, esa lucha tan criticada, burlada y menospreciada que ha costado miles de vidas e inocencias de mujeres y niñas. Pero Kabul solo es la punta del iceberg, ya que el abuso y la transgresión a una mujer nunca se han limitado a una ley islámica.
Más esta violencia si nos enseña que la vida y la muerte son equivalentes y se anulan entre sí, a saber, que la guerra nunca es un escenario viable, que tarde o temprano nos puede arrebatar todo, y que la única forma de lucha que nos queda para rechazar la arbitrariedad y la barbarie es no renunciar a nuestra educación, porque la vida y la alegría es más efímera que la agonía.
Jorge Ochoa Astudillo
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