Para muchos la política es el camino para construir el bien común; sin embargo, la política, hoy en día, ha adquirido una carga emocional negativa, a la que nadie quiere entrar debido a tan denostada ¨profesión¨. Quizás siempre fue así, pero antes no era tan evidente como hoy. Hoy los jóvenes consideran una ¨profesión¨ anticuada, lo que no significa que aborrezcan la democracia. Mal distinguen ya entre izquierdas y derechas. Son pragmáticos y apolíticos. No ven excesiva diferencia entre progresistas y conservadores. Para ellos son todos iguales, o casi iguales. Y es que ahora no creen en los políticos y peor aún, les interesa incursionar en ella.
¿Político? ¡Ni de broma! Es una opción que rechazan casi de inmediato. La actuación de los políticos y la imagen que de ellos se tiene en la sociedad hace que no sea atractiva.
El hacer de la política una actividad atractiva, es responsabilidad de todos, pues se dice que un político es un ciudadano haciendo política; he ahí la exigencia de integrar a la política valores como la ética, la honestidad, la verdad, la congruencia. Darle dignidad a la política no es una actividad que pueda dignificarse solo por los políticos, es mucho más: es el ciudadano que no tiene una responsabilidad pública quien debe empujar. Pero ello implica dignificar primero su ciudadanía: respetar las filas, pagar sus impuestos, no arrojar basura desde los vehículos, no estacionar su auto en los lugares de las personas con discapacidad, etc.
Sí, hay una característica en la que nuestras sociedades coinciden, es no querer ser políticos, para delegar esa responsabilidad a futuros ¨salvadores¨, pero luego si ser críticos de las autoridades que nos toca. ¿Quién es el verdadero culpable?
Andrés Sigcho
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