La mentira es la manera de falsear los hechos para obtener beneficios de cualquier índole. Las motivaciones están tan dentro de la persona, que ella misma muchas veces no avanza a darse cuenta del engaño y por ello es tan difícil que acepte que ha mentido.
Los daños causados por una mentira varían según la persona que la diga, la situación en que fue dicha, el público que la escucha, etc. En general, si el público no es muy grande, afecta a muy pocas personas, aunque puede ser mayor en el caso de que se la extienda a poblaciones más grandes.
Hemos pasado ya la primera vuelta de las elecciones y entramos en la segunda etapa, en donde seguiremos escuchando las intervenciones de los dos candidatos. ¿Cuántas mentiras oiremos en estos días? ¿O cuántas verdades nos dirán?
Ahora bien, una mentira dicha a unas pocas personas puede producir algún daño. Pero una mentira política es más perversa porque abarca a la población de todo un país y fuera de él. No solamente porque son más las personas engañadas, sino porque los partidarios la retornan al resto de ciudadanos como cierta, tal vez dorándola para que asome sincera, provocando una cadena de mentiras adicionales, y sin fijarse en el daño que se está cometiendo al establecer mecanismos políticos inapropiados. Aprendemos que la mentira y los ofrecimientos demagógicos son resortes que impulsan a que un electorado sin consciencia sea engañado y, además, agradecido. Así, las mejores ofertas como: “ pan, techo y empleo”; “unos cuántos dólares más”; “carreteras de ida y vuelta”; “puente con río incluido”; “dólares en nuestros bolsillos”, etc. llegan a ser las que atraen más fácilmente el interés pasajero y mágico, como aquellos baratillos de feria que nos ofrecen cambiar de sitio un cerro para luego vendernos baratijas a buen precio.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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