Debieron transcurrir 25 años para que el Ecuador alcance una segunda medalla de oro en los Juegos Olímpicos. Esta vez, el escenario fue el circuito del Monte Fuji, Japón, en el que Richard Carapaz, la locomotora del Carchi, con la ayuda de su gregario Jhonatan Narváez, se impuso ante figuras predominantes como Wout van Aert, Tadej Pogacar, Michael Woods, entre otros.
Sin duda, esta importante victoria, constituye un valioso incentivo para que los niños y jóvenes, que son el presente y futuro de la patria, incursionen en el deporte y desarrollen sus potencialidades tanto físicas como mentales, promoviendo no sólo estilos de vida saludables en la población sino también la posibilidad de practicar una disciplina deportiva, desde un ámbito profesional, con la certeza que los sueños –con compromiso, constancia y trabajo duro- siempre encuentran su recompensa, incluso si se es capaz de entregar una cuota adicional de esfuerzo, llegar a niveles superlativos en el deporte. Ahí están Jefferson Pérez y Richard Caparaz que, pese a las limitaciones económicas familiares y casi nulo apoyo estatal, inscribieron sus nombres en el Olimpo.
Como bien lo dijo la locomotora del Carchi, el triunfo es de él y de quienes creyeron siempre en su potencial. Esa puntualización, tan necesaria y oportuna, deja a un lado a gobiernos, instituciones y la propia empresa privada que siempre se han mostrado renuentes a la hora de apoyar iniciativas de los deportistas. Por ejemplo, en el caso de Loja, muchos atletas han debido recurrir a sus familias, amigos o hasta la organización de rifas, para obtener recursos para viajar y representar a la provincia.
Ahora mismo, en Tokyo, Richard Carapaz, ante la falta de apoyo logístico debió acudir a su equipo británico INEOS Grenadier, para suplir carencias como la falta de masajista, abastecimiento en ruta, etc. Pero eso sí no faltan en los certámenes la dirigencia y, en este caso, hasta el ministro del Deporte para aplaudir en vivo la hazaña de Carapaz.
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion