Nuestro deseo de llegar a la perfección es un motor que nos impulsa, tanto individual como colectivamente, a realizar las mejores acciones. Cada uno quiere sacar de sí lo más preciado y estimado y espera que la sociedad en que vive sea un campo fecundo para todos.
Sin embargo, nos encontramos con la frustrante situación de que no logramos alcanzar nuestros objetivos. Uno se propone ser lo más amable posible… y el momento más inesperado se comporta como enemigo de los demás. Se propone dejar de fumar para no dañar su salud… y no mismo consigue dejar el hábito. Quiere realizar ejercicios físicos y empieza con mucho ánimo… para encontrarse luego con que ese ánimo no duró mucho tiempo. Se propone estudiar bien el próximo año, pero nunca llega ese próximo año.
Y en cuanto a la sociedad, esperamos que sea lo más justa posible. Anhelamos que cada ciudadano respete a los demás cualquiera que sea su condición… pero vemos que el irrespeto está presente en cada esquina. Esperamos que los gobiernos que se suceden sean cada vez mejores… pero ahora nos sentimos más inseguros que antes. Queremos gobernantes honestos… y vemos crecer la corrupción, no solo en nuestro país, sino en todo el orbe.
Y viene la desesperanza. Y el rechazo a uno mismo y a los demás parece ser lo más lógico. Estamos seguros de que no adelantaremos nunca.
Sin embargo, la verdad es que quien ha realizado un juicio certero y real, sabe que el progreso espiritual no deja de seguir adelante; que los esfuerzos nunca han sido vanos porque cualquier paso que se da, nos permite estar más cerca de la meta. No pierde la esperanza. Es un conforme inconforme. ¡Porque el ser humano está constituido de tal manera que nunca está satisfecho con lo que ha realizado y sabe que siempre puede progresar algo más!
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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