Similar al viejo ideal del “sueño americano”, la ilusión de Ecuador como un país seguro y mejorando corresponde, desde Baudrillard, a un síntoma de la “sociedad del simulacro”. En esta hiperrealidad, las “interpretaciones” dominantes de la realidad pueden ser arbitrarias (falsas) y, aun así, constituir el relato que convence, el que incluso parecería más “real”. Para llegar ahí, los medios de comunicación contribuyen a crear y sostener versiones desconectadas de la verdad pública, no solo desde la construcción del mensaje, sino también a través del ocultamiento.
Por ejemplo, cuando representantes del Ejecutivo sostienen que disminuyó el número de extorsiones a pesar de que incrementaron un 57% respecto a 2023; o cuando abanderan luchas por la democracia y defensa del pueblo en cada mini-discurso que profieren, pero, contradictoriamente llevan una cruel campaña en contra de la vicepresidenta que corroe hasta los mínimos de la democracia liberal.
Asimismo, la curiosa compra de barcazas, el aumento del IVA y la eliminación del subsidio a los combustibles se suman a ese largo etcétera que se opone a la noción ficciosa de que estamos mejorando o que el gobierno neoliberal (2017-2024) se preocupa por la gente, cuando claramente la obra distópica no aguanta más.
En contraste con estas invenciones, vemos una realidad que recrudece y contradice a la propaganda en TikTok. Puede ser que, por ahora, en esta época de simulacros que ocultan y defienden proyectos antidemocráticos, el show de Truman ecuatoriano pueda reinventarse hábilmente, pero tarde o temprano encontrará los límites en el sufrimiento del pueblo. Por ello vale la pena pensar en que gran parte de los argumentos y afirmaciones que deambulan en conversaciones sobre la realidad del país pueden estar fundamentadas en nada, quizás solo en la urgencia de mantener la patria a su merced.
Jorge Zaruma Flores
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