“Instruye al niño en su camino; y aun cuando sea viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6) Así como lo planteaba Salomón siendo un sabio, no hay duda que la primera educación viene del hogar y la influencia que ejercen los padres en sus hijos puede cambiar su futuro, condicionar decisiones o prepararlos para la vida. Es precisamente en la infancia cuando los niños asimilan el hecho de tener pensamientos secretos que seguramente -no deban revelarse- , de ahí que si desde pequeños aprendemos que mentir puede traer “beneficios” contrario a decir la verdad, y que si negamos las travesuras realizadas evitaremos el costo del castigo, estaremos fortaleciendo la deshonestidad, en la que el individuo se convence a sí mismo que su actitud no resulta ser cuestionable. “La deshonestidad, la inmoralidad, son consustanciales a la condición humana, nacen a la vez que nosotros, nos acompañan como la voz perversa de la conciencia (ángel frente a demonio)” (Rodríguez, 2019). Así la bajeza del ser humano transita los vericuetos del ego desaforado, de generar división para provocar caos, de basarse en la charlatanería para envolver con el veneno tóxico de la falsedad a sus víctimas aprovechándose de la confianza depositada cuando se muestran con un rostro angelical. Pero inevitablemente tras esta práctica de actos indignos se refugia una persona insegura y con baja autoestima, alguien con una evidente dificultad de integrarse al entorno social que le rodea.
Luego de que la pandemia nos pusiera a prueba planteándonos una serie de interrogantes, luego de haber traído muerte, sembrado el caos, confinado países y cerrado fronteras, también ha sacado lo mejor de nosotros en la mayoría de los casos, o como esbozaba Albert Camus “Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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