La condición nómada era de la búsqueda permanente de medios para sobrevivir. Es decir, todo lo que permitía la vida era escaso, y había que recorrer para encontrarlo. El nacimiento de la técnica que crea utensilios, que fabrica ideas, que conserva procedimientos, que crea rutinas, fue encontrando las formas de vencer esa escasez. Se abrió el gran cajón de la abundancia, y el sueño de vivir con mayor tranquilidad fue posible. Lo no-humano, era aprovechado como simple objeto de utilidad. No había consideración sobre otras vidas.
Así, le impusimos un nuevo plan a la naturaleza, y de ella salieron las materias primas con que se fue haciendo el ‘progreso’. Hoy, esa imposición de un plan humano al devenir natural, nos condena porque llevamos al extremo esa enajenación del mundo natural. Al devorar la naturaleza creamos las condiciones para ser devorados por ella.
El ir siempre hacia adelante y hacia arriba con un ritmo desaforado, provocó la aceleración de la historia: el futuro ya no era lejano y ajeno, sino que cada vez estaba más cerca, con más deslumbramiento y furor. Hoy, ese futuro que viene cargado de inmediatez, está sembrado de incertidumbre, porque no sabemos si la vida seguirá siendo posible en términos más o menos dignos.
De tenerlo todo, en demasía, podremos enfrentar la escasez de vuelta, y esta vez ya no por insuficiencia de medios. Estamos vaciando el mundo, y consigo viene la amenaza de nuestra propia integridad. Esa es la doble condición de Jano, que ubicado en el umbral de los portones romanos muestra la cara del bien y del mal, y a la que hoy, debemos encontrarle equilibrios.
Pablo Vivanco Ordoñez
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