La protesta social demostró que el gobierno mantiene pendientes en la atención y solución de varias demandas sociales, lastimosamente, también evidenció que nuestra sociedad aún conserva una brecha insuperable de clasismo, racismo y xenofobia.
No se concibe como los llamados y marchas por la paz, se los hacen en medio de vituperios y consignas de guerra contra el indio; mientras un aparato estatal despóticamente aplica toda su vehemencia en una represión sin precedentes. La burbuja plutocrática se consolida con un fortificado blindaje mediático, encabezado por los mass media más independientes.
Esto no es un Estado de derecho, existe violencia sistémica, materializada en cada protesta o sin ella, en la conmoción nacional o en la aparente calma, o acaso no se recuerda que antes del Paro el país ya estaba mal. Cuan inseguros nos sentíamos en mayo, con los robos, sicaritos, violencia y masacres carcelarias, un estado de inseguridad permanente se percibía en las redes, en las calles, hogares y en los comercios; pero ahora quieren hacer creer que el paro es el detonante de toda la maldad, que daño hacen los medios de información sesgados.
Se recuerda solo ahí como nos ofuscamos con las fuerzas del orden, que, a la vista de cámaras, brillaban o corrían por su ausencia, se escondían bajo la mesa o simplemente no contaban con los recursos que ahora sobran para reprimir.
La doble moral nos aúpa a todos, pues también se recuerda como “la gente de bien” que hoy atiza el racismo, hace unos años se solidarizaba con el indio para golpear al otrora gobierno corrupto.
Sin escrúpulos reproducimos la democracia a conveniencia, cuantas veces hay que discutir que usar la constitución no es golpe de estado, pero que no se apliquen los procedimientos legales por intereses particulares es otra cosa.
Jorge Ochoa Astudillo
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