Hacia una política comunitaria

Estamos acostumbrados a la democracia representativa hasta tal punto que siempre esperamos que el otro se adelante (presidente, alcalde, vecinos…), en la solución de los problemas de la comunidad; mientras tanto nosotros, los ciudadanos, no movemos un dedo y justificamos esta actitud, melindrosamente, diciendo: ¡Yo pago impuestos, que se encarguen las autoridades! Esta actitud hace que nos encerremos en nuestras casas y permanezcamos sentados (calentitos) en la poltrona; por eso vivimos desesperanzados y desesperados. Los rasgos de una comunidad desesperada son: acusar a los demás (vecinos, padres, políticos, a Dios…) de los males que padecemos y finalmente, el desesperado, termina acusándose a sí mismo hasta cometer suicidio (mato a los demás) y egocidio (me mato a mí mismo: “Adiós mundo cruel/Ya nunca te veré”). Esta democracia representativa forjó una estructura mental (por demás pervertida) que debemos sustituirla por la verdadera democracia (demos = pueblo y kratos = poder) o política del pueblo, de las gentes, de la comuna. Aquí todos participamos en la solución de los problemas, cada uno adelantándose en la acción-pasión-y-compasión, sin esperar que el otro se adelante; hay que esperar menos y hacer más para salir de la desesperación (dijo el poeta R.M. Rilke: “Sé un dardo, sé un dardo, sé un dardo. Sea éste tu grito de guerra”). No podemos hacer todo, pero sí todo lo que podamos, por ejemplo: cada uno de nosotros debe nutrir (nutritio) afectivamente a sus conciudadanos; instruir (instructio) magistralmente a los demás; y finalmente convertirnos en autoridad (autoritas) eficiente, de tal modo que ayudemos a crecer, aupar, auxiliar, a ser más (que no tener más) a través del apoyo mutuo. Todas las noches antes de acostarnos veamos nuestras manos para constatar si están llenas o vacías; lo importante es que estén llenas de donatividad porque durante el día compartimos con la comunidad nuestras virtudes (teologales y cardinales); caso contrario, nuestras manos, estarán llenas de vacío (banalidad), vicios (siete pecados capitales).     

Jorge Benítez Hurtado

jabenitezxx@utpl.edu.ec

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