Entre el realismo e idealismo

Cuando nos referimos a la política, inclinados en nuestras ideologías – como no podría ser de otra manera –  auguramos el mejor destino para la Patria, mientras el acaloramiento mediático, logra que nos dejemos seducir por discursos demagógicos, que como los definía Aristóteles son evocados por un “adulador del pueblo”. Ya Platón pinta en esta llave a los sofistas, cuyo foco se reduce a la capacidad de presagiar los gustos y deseos de las masas: “lo único que enseñan es precisamente las opiniones de la masa misma, que son expresadas cuando se reúnen colectivamente, y es esto lo que llaman saber” (Repubblica, 493a). Y es que, no hay duda que a veces cuesta salir de nuestra burbuja, ser empáticos y observar lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Es ahí cuando nos encontramos con una realidad política que supone la trascendencia de la persona en todas sus direcciones, y el posesionarse de un destino histórico que exige precisamente proyectos a largo plazo. Desde este punto de vista de la realidad política en su plenitud, en su verdad, no contar con la alta especulación científica y con los proyectos a largo plazo es un no realismo político. Entonces se podría deducir que en muchos sentidos, los políticos fallan no por asumir los ideales del pueblo, su esencia tradicional, sino por no advertir la dimensión trascendental que exige el dominio de las cosas según los conocimientos del tiempo que estamos viviendo, es decir, por no estar al nivel de una realidad auténtica, con vistas a un largo porvenir. De ahí que no se peca de idealismo, sino de realismo parcial y el no asumir un riesgo es también no asumir una dimensión esencial de la sociedad política.

Seamos reflexivos a la hora de elegir, dejando aquella romántica posición de rebeldía contra la realidad. El poder es del pueblo y nosotros somos quienes elegimos a nuestros representantes.

Lucía Margarita Figueroa Robles

sumaguarmi@gmail.com

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