El rostro de la pobreza

En uno de los basureros de la ciudad nos encontramos con María, nos cuenta que está esperando que llegue alguien a botar la basura, para ver si encuentra algo que reciclar y que se pueda vender por unos centavos. Comenta que esta es su actividad diaria, aunque a veces también la contratan para lavar ropa. Antes de la pandemia ella trabajaba como ayudante de cocina en uno de los restaurantes de la ciudad, pero con el inicio de la cuarentena fue despedida y ahora su única esperanza está en los basureros.

Relata que la vivienda y la alimentación son sus mayores preocupaciones, porque antes “vivía créame en una fachada como esos mendigos” y “a veces tomaba café y llegaba a merendar, a veces almorzaba y ya no tomaba los cafés”. Su economía es tan mala que no puede darse el lujo de tres comidas diarias y peor aún escoger que comer cada día. Le preguntamos que le hace ilusión y nos dice que “tener todo, así sea un arroz con huevo, pero tener todos los días, comer con mis hijos”.

María es parte de esa población casi siempre invisibilizada, porque la ayuda social no siempre llega a todos, e incluso la poca que tenían les fue quitada, porque las políticas estatales en base a sus metodologías asumen que no viven tan mal como otros.

Estamos acostumbrados a mirar la pobreza como un número, quizás como una estadística y a veces hasta como una historia, pero con frecuencia olvidamos que detrás del concepto, está el rostro de la pobreza, tiene nombre, familia, sueños y necesita de nuestra ayuda. En fin, María nos dice que no se considera pobre porque “uno si es capaz para trabajar y sobrevivir el día”.

Diego García Vélez

dfgarciax7@gmail.com

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