La oligarquía de vuelta, los magnos voceros del comercio y la banca volvieron a tomar la batuta que habían perdido hace años atrás; a la cabeza, por supuesto, un banquero. El país, una pirámide con despojados en su base, y con poseedores en la cima: la fórmula no cambia mucho, quizá las denominaciones. Allá una guerra y acá una pandemia. Los ingresos bajaron, la economía contraída y la crisis en maratónica corrida.
Los trabajadores al organizarse encontraron una forma de resistencia. Los reclamos por salarios, respeto a la jornada laboral, no distan mucho de las demandas de hoy. Como siempre, los de abajo no son escuchados sino con ese mecanismo histórico: la huelga. Los restablecedores del orden, obedientes fueron a cuidar la sacrosanta tranquilidad de las inmaculadas urbes. Ya era 15 de noviembre y los protestantes avanzaban sin freno, y en pleno trance, fueron masacrados, perforados por balas escupidas desde los balcones, y asesinados sin distingo de edad, condición o credo. Era el año 1922 y se consumó la más vergonzosa masacre obrera en Guayaquil.
A un año del centenario sangriento, un 12 de noviembre, con los impolutos hombres de banca y dinero en el poder, se perpetra otra masacre donde hay responsabilidad del Estado. Ahora los cuerpos sin nombre ya no fueron a la ría, sino que fueron a la boca del fuego levantado en un recinto del Estado, que el propio Estado no puede controlar.
Para hoy no bastan las coincidencias: un 16 de noviembre de hace 99 años también nacía don José Saramago, quien decía “somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”.
Pablo Vivanco Ordóñez
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