El otro Beccacece

La desilusión que ha provocado la selección de fútbol de Ecuador, luego de su pobre desempeño en sus dos primeros compromisos, es del tamaño de una catedral. Llegó a esta cita internacional con una enorme expectativa, incluso se habló, desde la crítica no solo nacional sino extranjera, como una de las probables sorpresas (se entiende en el sentido más positivo) que dejaría esta copa mundial. Nombres como Moisés Caicedo, Piero Hincapié, Willian Pacho, Pervis Estupiñán, entre otros, llenos de reconocimientos que trascienden las fronteras, crearon en el imaginario colectivo, la estructuración de un equipo casi imbatible con su defensa, aunque con problemas para la definición, pero con capacidad para avanzar a etapas más importantes y definitivas.

Lo cierto es que, en el desarrollo de este certamen deportivo, la selección nacional, pese a haber jugado como local, con estadios repletos de ecuatorianos, que nunca dejaron de alentar a sus ídolos, fortaleciéndolos anímicamente con el ‘si se puede’, quedó en claro que, en el fútbol, al igual que en cualquier otra actividad que requiera del aporte grupal, la existencia por sí sola de estrellas individuales, no asegura un resultado favorable. Al final del día, un partido de fútbol lo ganan 11 jugadores en la cancha, perfectamente articulados, en función de una idea que la impone y define el director técnico. Todo eso, lamentablemente, careció nuestra tricolor. El empate alcanzado con Curazao, equipo al que se lo miró con cierto desdén y quizá hasta con un reprochable tufo de complejo de superioridad, nos volvió de golpe a la realidad.

Y es que la selección de fútbol es un fiel reflejo de lo que sucede al interior del país, necesitado de cohesión social y de un líder que señale el camino a seguir. Lo que ahora hay en Ecuador es un Estado dado al garete con una dirigencia, al igual que Beccacece, inmersa en un mar de confusión e ineptitudes.

Giovanni Carrión Cevallos

@giovannicarrion

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