“Yo amo el fútbol”, se puede escuchar especialmente cuando suena la trompeta de un nuevo campeonato mundial de este deporte, esperando unir a los pueblos del orbe.
Y los pronósticos de quienes podrían ganar ese campeonato nos hacen pensar en una humanidad unida, hermanada. E igual contribuyen los calificativos de quienes han sido los mejores jugadores de todas las épocas: “Pelé ha sido el mejor”. “Viva Ronaldo, el mejor jugador de todos los tiempos”. “No ha habido otro como Maradona”. “Nadie lo sobrepasará a Messi”.
Según datos aproximados, unos 6,8 millones de seres humanos vieron en vivo la competencia. Pero, salta una pregunta inquietante: ¿Cuántos de esos asistentes están jugando al fútbol normalmente y cuántos solamente son espectadores pasivos? ¿Es el fútbol un deporte de masas o un espectáculo de masas?
Y, además, lo humano, lo que nos muestra nuestros desamores escondidos que llevamos bajo la piel y que se manifiestan en muchos actos como: reclamos injustos, insultos, amenazas, griterío colectivo. Lo que, quizá, es un mal menor.
Porque hay otras conductas más inquietantes: preguntas racistas de por qué en tal equipo no hay un solo blanco, o no hay un solo negro, o no hay un solo amarillo. O posiciones ideologizadas: este equipo pertenece a tal nación cuyo presidente no es de mi agrado y, por lo tanto, hay que hacer propaganda para que no gane. No importa que con esas elucubraciones incrimine a quienes, tal vez, no tienen nada que ver con cuestiones políticas.
¿Será posible que los seres humanos aprendiéramos a respetar a los demás, sin mirar su credo político, su raza, su religión o sus costumbres?
Porque, aunque no juguemos a algún deporte, las justas deportivas deberían servirnos para hermanarnos y respetarnos, a más del espectáculo que nos brindan.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com