Una gota es la mínima expresión de un líquido capaz de conservar su propia forma. La tensión superficial la mantiene unida; la gravedad la obliga a caer. Parece insignificante, pero en ella viajan minerales, vida, memoria. Una gota puede apagar la sed de una hoja, anunciar una tormenta o, con suficiente tiempo, abrir una grieta en la roca.
Pero existen otras gotas. No las que caen del cielo, sino las que caen sobre nosotros hoy. Gotas hechas de palabras. Gotas que no humedecen la piel, sino el pensamiento. Gotas que no buscan inundarnos, sino permanecer. Este libro está hecho de esas gotas, pero desde otro cielo, el cielo de Roberto.
Si una gota nace cuando el agua ya no puede sostenerse a sí misma y decide caer. Quizá un poema también nace así: cuando una idea, una emoción, un estímulo intelectual ya no puede quedarse dentro de la nube de humanidad de quien lo escribe. Hoy vemos estas gotas. Gotas que nos despiertan. Gotas que nos habitan. Gotas que nos ponen en marcha.
Gota: “¿Qué es lo más difícil de conocer? Conocerse”, nos dice. En un mundo donde buscamos todo afuera, buscamos todo en el otro, buscamos todo en la experiencia, aun no nos encontramos a nosotros mismos, y encontrarnos es parte del camino hacia el conocimiento. Pero no seamos derrotistas, hay que sostener la esperanza, sostenerla, no guardarla. Capaz es momento de sacarla del cajón de las medias que no usamos, ponérnosla y salir enchachinados a enfrentar este mundo vil, frío y distante. Gota: “Caminar, a pesar de las piedras, soñar a pesar de los rumores, sembrar a pesar de la sequía” nos dice. Gota: “Sal a la búsqueda de aquellos placeres perdidos y prohibidos, la bondad” nos dice.
Vivimos rodeados de pantallas que iluminan el rostro, pero pocas veces la conciencia. Nunca habíamos escuchado tantas voces y nunca había sido tan difícil escuchar la propia. Corremos detrás de opiniones como quien persigue la lluvia con las manos abiertas, convencidos de que por acumular gotas terminaremos comprendiendo el océano y aquí cabe una pregunta ¿la poesía tiene una alternativa? Gota: “no creas todo lo que lees, no creas todo lo que ves, no creas todo lo que escuchas, pregunta, pregúntate, contrasta, lee, duda, no lo olvides, no hay verdades absolutas” nos dice. Y en ese mundo, hemos aprendido a levantar muros con las palabras. Convertimos cada conversación en una frontera, cada diferencia en una batalla, cada desacuerdo en una despedida. Hacemos bullicio para no escuchar; hablamos para responder antes que para comprender, nos lastimamos, nos hacemos ruido, ruido para dañar al otro, ruido para opacar al otro, ruido para imponernos al otro. No obstante Gota: “vive buscando entender, no vivas aprendiendo a criticar” nos dice.
Y ante en ese mundo ruidoso y paradójicamente profundamente mudo, el amor es un acto rebeldía. Gota: “nada como coincidir” nos dice. En este mundo a veces solitario, con sensación de domingo perpetuo, de expectativa de trabajo de lunes, de tarea postergada, de misa obligada por la moral del pueblo, de término de semana, de domingo como final de una era, de soledad de gato, de cana primeriza. Gota: “entre ellos, el tiempo tenía sabor a sábado eterno” “antes de salvavidas, has sido mi refugio” nos dice.
No sé aun quién soy, quiénes somos, quién no soy y tampoco quiénes no somos. No sé quién eres, quién no eres. Gota: “mientras construimos eso que somos, sobrevivimos el querer ser con todos sus fantasmas” nos dice. Fantasmas vanidad, fantasmas de deseo, fantasmas de extimidad, fantasmas de complacencia, fantasmas de apatía, fantasmas de hedonismo. No sé de no saber de él, pero sí lo recuerdo desde la primera vez. Creo que he venido tomando con él un café, pero un café singular, un café intermitente que ha durado 16 años, un café de paz, un café venerable, un café de pasos perdidos y profanos, un café que alguna vez lo cambiamos por ron, por vino o una cerveza, un café de Charly García, Sui Generos y Serú. Un café que espero que nunca acabe. Eso no lo dice él, lo digo yo.
Al inicio dije que una gota parecía insignificante. Que la gravedad la obligaba a caer, como un verso guardado en el cielo de un poeta. Pero, no dije lo más importante: ninguna lluvia empieza siendo lluvia. Toda lluvia comienza con una sola gota. Quizá eso ocurra también con los libros. No todos vienen a inundarnos; algunos vienen apenas a caer sobre nosotros y esperar, con la paciencia del agua, que el tiempo haga su trabajo con cada gota. Que esta noche, salgamos de nuestras guaridas, dejemos la sombrilla, cerremos los ojos, levantemos la cabeza y recibamos la lluvia. Bienvenidos a el poemario “Gotas” de Roberto Beltrán Zambrano.
Pablo Ruiz Aguirre
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