Ese ser en que nos miramos es un verdadero demonio: todo lo que está a la derecha nos lo pone a la izquierda y todo lo que está a la izquierda nos lo pone a la derecha. Y es que el espejo nos hace ver el mundo al revés. Y digo “nos hace ver” porque el mundo sigue donde está en la realidad, pero el espejo nos lleva, alevemente, a que lo percibamos al otro lado.
Me pregunto ahora: ¿será que esa distorsión nos lleva a que nuestro cerebro se acostumbre a ello en todas las situaciones? Porque a cada momento nos encontramos que hay alguien que nos etiqueta según la imagen, generalmente negativa, con la que nos ve a nosotros… pero esa persona se cree que está del otro lado, del lado correcto. Veamos unos casos:
Alguien expone, con legítimo deseo de que haya tolerancia, de que todas las personas deben ser escuchadas. Inmediatamente asoman los intolerantes para tratar de acallar al que ha hablado y de que no hablen los que no opinan según sus ideas, porque pudiera darse el caso de que la mayoría esté de acuerdo con ideas que están del otro lado del espejo y se sientan acabados. Así, los que piden con más firmeza la tolerancia, son los que menos tolerancia tienen. Son los que se refieren a los demás con etiquetas como: “oscurantistas”, “retrógrados”, “dogmáticos”, etc.
O sucede que, quienes odian a los demás, ven a los demás como odiadores. Cualquier idea, gesto o acción de estos, representa para el odiador una amenaza de muerte contra él y, por lo tanto, hay que acabarlos a como dé lugar.
El ladrón tampoco se queda atrás: piensa que todos están a la espera de poder robarle algo a alguien. De ahí el adagio: “Piensa el ladrón que todos son de su condición”.
Y no digo más, porque corro el riesgo de que, como están las cosas en este mundo de imágenes, me miren en el lado correcto del espejo.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com