Esto se escribe en la mañana del domingo 19 de junio. Hay una calma nerviosa incluso en las redes sociales. Se discute intensamente la forma descuidada de los decretos presidenciales. Las cámaras de la producción llaman a deponer las acciones reivindicatorias. Los grupos afines al expresidente Correa lanzan chispas que esperan se conviertan en llamaradas. Los sectores indígenas, los principales protagonistas de este drama democrático, mantienen un silencio devastador. En pocas horas se sabrá si la decepción y la ira acumulada a lo largo de años podrá convertirse en una fuerza destructora de consecuencias imprevisibles.
Parece ser el momento propicio para reflexionar sobre los absurdos vaivenes de la democracia ecuatoriana. Consideremos, en primer lugar, el carácter atrozmente desigual de nuestras lides democráticas. La concentración de poder y de riqueza en unas pocas y sempiternas manos. La práctica imposibilidad de que las personas del Ecuador profundo puedan acceder a las instancias de decisión.
Todos estos elementos, necesariamente, deben tener una salida que, idealmente, debería ser dialogada. Pero en los momentos actuales el diálogo racional sobre el que se supone debe sustentarse la convivencia democrática carece de un elemento esencial que es la simple comprensión de los puntos de vista ajenos, lo que se ha dado en llamar la “tolerancia política”. El bien nutrido capitalino debería tratar de entender la angustia del hombre de campo que ve perderse todo su esfuerzo en un mísero frasco de aceite rancio. El grave dirigente indígena que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de reclamar por largos siglos de injusticia, podría detenerse a reflexionar sobre las posibilidades de este momento histórico. Pero, sobre todo, ambos sectores deben desoír las palabras de aquel Yago infame que susurra al oído tentadores planes golpistas y dictatoriales.
Carlos García Torres
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