A veces se confunde el síntoma con la enfermedad. Si se lo hace, se cae en el yerro de buscar paliar lo que se ha consumado, y se busca superar lo que aún no ha sido resuelto. La miopía para enfrentar los grandes problemas nacionales nos vuelve al viejo ritmo de dar un paso y retroceder dos.
La metáfora gráfica de lo que sucede en el país, se transmite sin saberlo por televisión nacional: un paso renco, un rictus plástico, un ritmo desacelerado, una imagen desgastada, un pedestal derruido, y un escenario inexistente. De fondo: el telón vergonzoso de una edificación que ha de ser demolida por mero simbolismo. Esa, precisamente esa imagen no es el síntoma de la decadencia de los tiempos ecuatoriales, sino que es signo de la propia enfermedad que ha corroído hasta la vergüenza.
Otrora los patriotas que caminan, hablan, piensan, y sienten desde la diestra, se hubieran ufanado como adalides de la invectiva contra el orden establecido; pero hoy, con el tono a media asta, se limitan a tirar blandos bardos contra el gobierno que ayudaron a posicionar. Y ese, sí es síntoma del endeble compromiso nacional, de la debilidad del músculo patriota, que hoy demuestra irresponsabilidad con el futuro, y lealtad con quienes se erguían como la figura mesiánica que siempre condenaron.
Ese es el país de las paradojas que describe Donoso, o de las señas particulares de Adoum, o del drama que plasmó Benítez Vinueza. ¿A qué tiempo volveremos con la pretensión de haber avanzado? Solo el tiempo y su pendular incertidumbre nos inscribirá en otra nostalgia nacional.