Nos encontramos frente a una realidad a diario en la que debemos analizar, tomar decisiones, actuar, emitir criterios y claro, lo hacemos según nuestro sistema de creencias o según el chip que nos pusieron quienes nos educaron.
Educar, nada más alejado del adoctrinar. ¿Adoctrinar? Si, instruir determinadas ideas, contenidos, valores, creencias en las personas, puntualmente en el alumno. Las escuelas son un escenario privilegiado puesto que pueden influir y transformar las ideas. Por lo general, en los relatos populistas existe la figura de un héroe o heroína que, apelando a la emoción, anula el pensamiento crítico de sus seguidores y subordina a estos a una entidad mítica superior quien los salvará, en este caso de la pobreza.
El adoctrinamiento impone la tesis y los valores, no deja a la persona la libertad para discernir, elegir, actuar y ahí está su principal problema. El adoctrinador enseña qué es lo que hay que pensar y lo que hay que hacer, no deja opción a elegir.
La educación pretende enseñar a pensar, no a qué pensar. Una educación crítica y comprometida con el entorno es necesaria, el alumnado debe ser consciente de la calidad de las relaciones entre los seres humanos y de éstos con otras especies y la naturaleza. Cuando hablamos de educación, hablamos de promover, nutrir, orientar; estos verbos nos permiten comprender que la esencia del hecho educativo es lograr el desenvolvimiento pleno del potencial que el ser humano trae consigo al nacer.
Patricia Carrión Pilco