Educación superior

En estos meses se discute intensamente el presente y el futuro de la educación superior. Se afirma, de manera muy poco lógica, que los títulos universitarios salen sobrando en un mundo en el que el mercado exige principalmente competencias útiles para las empresas. Semejante barbaridad, desgraciadamente dicha por nuestro ilustre secretario de la SENESCYT, ha sido rotundamente desmentida en la Conferencia Mundial de Educación Superior organizada por la UNESCO la semana pasada en Barcelona. En este evento expertos de todo el mundo coincidieron en la necesidad de reformar el trabajo de las universidades, pero no con miras a un desgastado ámbito mercantil sino a los grandes retos que la humanidad enfrentará en el futuro, teniendo los objetivos de desarrollo sostenible como principal herramienta.

Son precisamente estas metas globales las que guiarán el quehacer universitario en los años venideros, con especial énfasis en una nueva comprensión del papel cooperativo de la ciencia, ahora confinada al férreo dominio del norte global, y con la consigna de no dejar a nadie atrás, es decir de garantizar el acceso general a la educación superior. Se trata, en definitiva, de entender que la educación superior es un derecho humano tan necesario como cualquier otro; que no tiene una mera utilidad instrumental sino un valor perdurable que influye de forma decisiva en la calidad de vida de las personas.

Nuestras autoridades parecen pensar que es perentoriamente necesario formar un ejército de obreros listos para satisfacer las necesidades técnicas de la sociedad y que, frente a ellos, se encontrarán los elegidos, los brillantes jóvenes que sí podrán tener una educación universitaria. Este, desde luego, no puede ser el futuro de las universidades. Falta por decir que, como cabía esperar, ninguna autoridad educativa de la función ejecutiva asistió al llamado de la UNESCO.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com