Se acercan las elecciones y con ello las nuevas autoridades dejarán de lado procesos, buenos funcionarios y proyectos que mejoran la calidad de vida de los ecuatorianos. Y es que aquellos aciertos para el sucesor serán una piedra en el zapato por el simple hecho de no ser la persona que los impulsó.
Destruir todo aquello que “huela” al pasado volverá a ser la principal opción y es que apenas toman posesión del cargo, empieza la nueva campaña: la de desprestigiar a quien lo antecedía e intentar borrar todo aquello que les incomode, incluso desmereciendo lo alcanzado, sin importar que aquello pueda perjudicar a ciudadanos que se beneficiaban de uno u otro servicio eficiente.
Si algo hemos aprendido a lo largo de estos años es que la política nos divide por ideas y los cargos por intereses. Así, el odio empieza a apoderarse de las nuevas administraciones y termina ¨estupidizando¨ y perdiendo objetividad frente a las cosas. Porque el odio es una postura muy negativa del ser humano y tremendamente destructiva. Y es que el odio tiene algo en común con el amor y es que es ciego, pero el amor es creador, mientras que el odio es capaz de destruir, sin importar a quien esto pueda llegar a afectar.
El servicio público no es ni un premio, ni un sacrificio, es una oportunidad para dejar lo mejor de nosotros y servir a quienes más lo necesitan, sin importar, de quien es o fue la idea. Darle continuidad a un proceso no es malo si le hace bien a la gente, lo malo es destruirlo por temor e inseguridad.
Andrés Sigcho
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