El ataque al Capitolio del 06 de enero de 2021 se convirtió en uno de los hechos más impactantes para Estados Unidos y la comunidad internacional de los últimos años, poniendo sobre la mesa la idea de que la democracia más sólida del mundo probablemente es más frágil de lo que parecía con el intento fallido de un autogolpe de estado. Una turba de simpatizantes radicales del entonces presidente Donald Trump irrumpió con gran violencia en el mítico edificio tomándolo por asalto, justamente el día en que el Congreso debía confirmar formalmente la elección de Joe Biden como mandatario, el saldo fueron fuerzas policiales heridas, muerte y destrucción.
Además del panorama violento y caos que se vivió aquel día, el resultado más evidente fue el debilitamiento de los pilares democráticos que han caracterizaron por años a los Estados Unidos en una crisis política no vista desde el siglo XIX. El fantasma del fraude volvió a resonar, incluso antes de que se abrieran las urnas de votación con las declaraciones controversiales del entonces presidente que influyeron en la mente de sus partidarios al desconocer la derrota y llamar a la resistencia, poniendo así en peligro las míticas figuras de los movimientos de los derechos civiles, derechos políticos, DDHH, entre muchos otros avances.
Este hecho que se convirtió en un factor de desestabilización de la democracia estadounidense y una señal del debilitamiento democrático global, no dista de la historia de inestabilidad y división política de Latinoamérica, comenzando con altos niveles de polarización y violencia política, liderazgos autoritarios u omnímodos, instituciones debilitadas y monopolizadas por el ejecutivo distando claramente de la división de poderes clásica y estado de derecho como elementos propios de una república democrática.
Santiago Pérez Samaniego
Twitter: @santiagojperezs