¿Cuánto le debo?

En un mundo en el que las relaciones comerciales lo significan todo y en el que las cuestiones éticas han pasado a ser un gasto marginal, no es extraño que la política también se concentre en una especie de mercado de ofertas de ocasión. En un frenético viernes negro se subastan votos, posiciones, movimientos, partidos. La reflexión sobre los grandes asuntos nacionales se ha cambiado por el cálculo de intereses, de ventajas personales y de poder. El egoísmo primitivo, el “después de mí el diluvio” de los déspotas del siglo XVIII, parece ser la actitud dominante entre los dignos regidores de nuestra pobre república.

Parece que existen valores tasados para cada actividad pública. Un discurso encomiástico en una reunión política tiene un precio determinado. Una oportuna denuncia, útil para desviar la atención, cuesta bastante más que las tradicionales treinta monedas. Y los precios escalan hasta el cielo si hablamos de aquellos ciudadanos que en las redes sociales expresan sus hondas preocupaciones por el futuro del país y que suelen llamarse “influencers”. Un flujo continuo de riqueza circula en las esferas políticas. Al fin y al cabo, los tratamientos dentales que permiten esas sonrisas ganadoras de las propagandas no se pagan solos. Y como toda actividad económica este rubro de negocios revive cuando se acercan las etapas eleccionarias.

En estos meses temibles el mercado político asume proporciones épicas. Quien quiera salvar al país, a su provincia, a su cantón o a su tienda partidaria, debe tener una bolsa bien provista y un muy bien desarrollado sentido de los negocios. Los hábiles mercachifles que alcanzan el poder, a la larga, cobran a precio de oro sus sacrificios y sus desvelos. Así que frente a ellos más vale preguntar de una vez: “dígame usted, ¿cuánto le debo?”.

Carlos García Torres

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