Al gobierno de los demócratas se le ha caído el velo, y le guiñan el ojo a los que tienen el dedo en el gatillo. Al gobierno del diálogo le quedó grande el eslógan que convenció en campaña, porque su diálogo no es con los otros, sino con ellos mismos: un monólogo oficial. La presidencia no es una gerencia que impone costos a sus clientes; este es un país, de ciudadanos, no de empleados. Si recibían un país dividido, hoy, han hecho de las brechas abismos que no tiene reconciliación temprana. Invita a dialogar, y manda emisarios, como si no quisiera mancharse, o mezclarse, como lo dicta el recetario de blanqueamiento de este país: los que sirven no comen en la mesa del patrón, y a los indios el encuentro en las plazas, o en las esquinas de la mendicidad. Convocaron a mesas de diálogo, y en el receso la abandonaron, se fueron sin dar explicaciones; en jerga colegial, se fugaron. Volvieron a convocar al siguiente día, fijaron ellos mismo la hora, y tampoco fueron. Sus sillas vacías daban cuenta de su vocación de diálogo. Luego de varias horas lo justificaron: la muerte de un militar rompe todo posibilidad de encuentro, de este, el “Gobierno del Encuentro”. Los manifestantes se preguntan ¿hay vidas que valen más que otras? Del lado popular, hay cinco muertos, y por ellos, nada se ha dicho. Quizá para la lógica oficial, les faltaba uniforme para ser parte de la cifra. La voz de quienes nunca se ven en televisión ni se oye en la prensa nacional, desconcertó a un gobierno que oía solamente a su think tank, lleno de gente que nunca han pisado la calle, ni subido al transporte público, ni palpado de cerca la cruda realidad de la mayoría de gente pobre de este país. Ellos creen comprender el mundo desde el balcón universitario, con vino en las copas y música de fondo. Negaron el país profundo, querían ventrílocuos y se encontraron con una voz que tiene sabor a tierra, y a trabajo de la tierra.
Pablo Vivanco Ordoñez
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