Se ha dicho con mucha razón que las primeras civilizaciones de nuestro país (las culturas Ingas, Chobshi, Vegas, Valdivia y Machan illa), se constituyeron sobre un infinito mar de miseria de los que emergían pequeños islotes de cultura.
Las cosas no han cambiado mucho al respecto, pues, así se lo quiera negar, se observa todavía un enorme contraste entre el desarrollo de los centros urbanos y la desventura de las comunidades rurales. La ayuda que han proporcionado los gobiernos de turno, destinada en particular a la salud y la nutrición, ha sido orientadas con desmedida frecuencia en provecho de las ciudades, discriminando a la población que vive en el campo.
Por supuesto que es difícil llegar a los poblados dispersas y aislados de las urbes ecuatorianas donde no se dispone de vías de comunicación ni medios de trasporte. Sin embargo, esos lugares “las más pobres entre las pobres”, son las que hay salvaguardar o ampararlos. Procurar llegar hasta los territorios inaccesibles, hasta las más numerosas y pobres, es el desafío de nuestra época.
Los planteamientos que se han hecho por parte del actual presidente de la República de coordinar su acción con todas las entidades públicas del país y del apoyo de varias organizaciones internacionales especializadas en estos temas para resolver los problemas nutricionales y sanitarios de dichos sectores, evitando los conflictos de competencia entre ellos, creo que son encomiables.
Jaime A. Guzmán R.
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