Para nadie es desconocido -y más aún para los latinoamericanos- que vivimos una ficción democrática dado que se gobierna en función de los sectores más poderosos e influyentes de la sociedad. Hay toda una crisis de valores en la que los representantes están alejados de sus electores a quienes terminan –incluso- por menospreciar…
De ahí que haya la necesidad de reivindicar la importancia de construir una democracia participativa en la que el ciudadano pueda incidir en la toma de decisiones para beneficio de las grandes mayorías. Por eso, tenemos que valorar, contrariamente a lo que se posiciona en el imaginario colectivo, las expresiones democráticas reflejadas en la movilización del pueblo, en la que el mandante, reclama y cuestiona al mandatario, exigiéndole cumpla con sus obligaciones y compromisos.
Porque curiosamente, vale decir, que cuando un pueblo no se expresa, no se queja (con lo cual no estamos haciendo una apología a la violencia), eso significa que las demandas sociales en esa comunidad han sido satisfechas, lo cual es poco probable; o, por el contrario, están operando mecanismos de represión que inmovilizan a la gente, como la llamada judicialización de la protesta social.
Aquí no estamos alentando al caos, lo que animamos con vivo interés es que la sociedad civil se organice, lo cual es una genuina expresión de una democracia robusta y real.
Entonces, ante el desplome de la democracia representativa, hay que actuar, no está permitido el silencio; pues, construir más democracia es una responsabilidad y deber de todos. Por eso, la sociedad civil juega un papel determinante en aquello de ayudar a resolver problemas derivados de la exclusión y de las grandes inequidades principalmente sociales y económicas que agobian a nuestra comunidad, siendo un agente del cambio, de transformación, en procura de alcanzar mejores días para nuestro país y el mundo.
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion