Confucio (551 a. C. – 479 a. C.), maestro, filósofo, pensador chino, postulaba que era necesario devolverles a las palabras su significación original, primitiva, para que todos los seres humanos pudiéramos entendernos, evitando así equívocos que llevan a disensiones inútiles que, generalmente, pueden decaer en odios, enfrentamientos y guerras, con pérdidas para todos. Además, la utilización prístina del idioma favorecería resolver de manera más fácil los problemas conjuntos que tenemos en el día a día.
Y, en verdad, si cada uno de nosotros asumimos diferentes significados para las mismas palabras, resultaría que estaríamos como hablando diferentes idiomas al mismo tiempo. Es fácil darnos cuenta de la situación en la que caeríamos llena de equívocos a la que se refiere Confucio.
Pero en la realidad, hay mucho más: hay quienes tienen dos significados de la misma palabra y la aplican de las dos maneras en el mismo discurso. Por ejemplo, la palabra “respeto” que, según la Real Academia de la Lengua, es “consideración, acompañada de cierta sumisión”. Alguien le dice a otro: “yo pienso así y tienes que respetarme, y quiero que lo que digo se haga ley para que todos obedezcan, porque estoy en la verdad”. A lo que el interlocutor, con el fin de que el primero tome conciencia de lo que dice, le contesta: “yo pienso de esta otra manera y tienes que respetarme, y quiero que lo que digo se haga ley para que todos obedezcan, porque estoy en la verdad”. La respuesta del segundo interlocutor nos hace ver que el primero tiene dos acepciones para la palabra “respeto”. Una primera es: “Tienes que atender a lo que digo y someterte a mi pensamiento”, mientras que la segunda es: “Yo no tengo por qué pensar igual que tú ni tengo que acatar lo que dices”.
¡Confucio… totalmente confundido!
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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