En la Bernardo Valdivieso no hubo un accidente; hubo una radiografía. Un policía invadiendo la ciclovía con su moto y una peatona cruzando por donde le dio la gana. La consecuencia, un choque y alguien en cuidados intensivos.
Esa calle de Loja es el Ecuador entero resumido en un par de metros de asfalto.
Aquí no hay inocentes, hay un choque de dos vivezas que retrata exactamente por qué estamos como estamos. Por un lado, el uniforme. El que supuestamente encarna la ley, usándola de papel higiénico. La autoridad convencida de que la placa le otorga inmunidad contra el sentido común y el espacio público. Si la calle está con mucho tránsito, invado la ciclovía. Total, soy la ley.
Por el otro lado, el ciudadano de a pie. La señora que decide que caminar diez pasos hasta el paso cebra es un esfuerzo excesivo. Es el ejemplo máximo del atajo como estilo de vida. La convicción profunda de que a uno nunca le va a pasar nada, hasta que la realidad te pasa por encima a cincuenta kilómetros por hora.
Y en medio de todo este incidente, la ciclovía. El símbolo perfecto de las reglas en este país: líneas pintadas en el suelo que no le importan a nadie.
No es mala suerte, es un suicidio colectivo en cámara lenta. Nos matamos entre nosotros porque el pacto social es una farsa. El policía hace lo que le da la gana, el ciudadano cruza por donde le da la gana, y luego lloramos cuando chocamos de frente.
Ecuador son dos irresponsables chocando a toda velocidad, esperando que el otro frene primero.
Victoriano B. Suárez Álvarez
victorianobenigno@gmail.com