Comenzó a escribir porque le dio la gana en 1969, luego de medio siglo con más experiencia, con más ganas a lo dicho. En estas andanzas, entregó a Caín un Colt 45, formó un concierto de vacas para descubrir que la guerra tiene nombre de mujer. Gritó al horizonte cuando un colibrí quiso escribir una novela y denunció que Federico no es nombre de perro. En un caballo de papel desnudó a los potros, dejó dormir a una chica en un caballo mientras la muchacha se encontró a solas con el viento, pero siguió moviendo las caderas.
En una ocasión fue un gran mago de la inspiración y apareció una ballena en el río Malacatus para el asombro de los presentes; en otra, pidió ayuda para matar a la mujer.
De repente habló el rey y dijo mu, encontró al ángel de la guarda borracho, a un amante sonámbulo y vio al león en un circo de Bombay.
En busca de lo sublime, halla palabras para una poesía y entre humor e ironía enamora a la mano izquierda y a la derecha; al deseo le pone nombre, pero al corazón le deja como un animal en celo.
Viaja de Loja a Roma pasando por donde Maité y al frente de la utopía de Madrid, deja libre a la mantis religiosa.
Casi me olvido de los suspiros y miradas pecaminosas con la llegada al pueblo del cura guapísimo. “¡Qué desperdicio Dios mío. Qué desperdicio!”
Sus obras son humor, ironía, amor, mujer. Qué finura en hilar palabras para que gusten al oído, para que sonría la mirada.
Y así seguirá jugando con las letras porque los buenos maestros son eternos.
Jaime Vinicio Meneses Aguirre