Auge y caída

La revolución juliana de 1925 buscó encaminar al Ecuador por nuevos rumbos. Su mejor fruto fue, sin duda, la presidencia de Isidro Ayora Cueva. Nuestro buen coterráneo se lanzó valientemente a un proceso de institucionalización del Estado y en el segundo año de su primer mandato creó varios de los organismos que han moldeado la vida nacional en el último siglo. Entre ellos, en 1927, dio vida a la Contraloría General del Estado. Durante todo el siglo XX y los primeros años del siglo XXI el ente controlador supo estar a la altura de las circunstancias. Aún en medio de los vaivenes dictatoriales se erigió como ejemplo de honestidad y amenaza de sanción para los funcionarios públicos venales.

A partir de 1978 pudorosos Contralores, de rectitud a toda prueba, develaban escándalos, establecían responsabilidades y señalaban las puertas del presidio a quienes se atrevían a manosear los dineros fiscales.  Pero los tiempos de aquellos ilustres patricios han quedado atrás.

Quienes hemos conocido las mejores épocas de esta venerable institución, contemplamos con incredulidad las permanentes denuncias de latrocinios cometidos en sus otrora augustos recintos. Un contralor prófugo que acepta con la mayor socarronería del mundo sus manejos inescrupulosos. Su sucesor inculpado por un vicio similar. Una tercera sucesora acusada de usurpación de funciones. Nos enteramos, además, de la existencia de un sistema de lavado de glosas que garantiza a los corruptos un pasado sin mancha. Y mientras todo esto sucede, el prestigio acumulado por tantos buenos funcionarios desaparece en la pestilente alcantarilla excavada por Pólit y sus secuaces. Tal es la triste historia del auge y la caída de la Contraloría General del Estado.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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