Todas las mujeres experimentamos, aprendemos y sobrevivimos en el lugar de donde venimos o donde vivimos. En el caso de las mujeres fronterizas, no solo por su condición de mujer, sino por la magnitud territorial de las zonas fronterizas, sus condiciones (las complejidades geográficas, las actividades ilícitas, la pobreza extrema y la permeabilidad), de las cuales se expresan diversos tipos de violencia contra las mujeres. Las zonas fronterizas son complejas, su diversidad y variedad nos impiden definirlas o generalizar las situaciones que se viven hoy en día. Estas zonas también se perciben como zonas olvidadas, porque existe poca intervención del estado en las demandas y sus necesidades.
En el contexto de las desigualdades de género, es latente la discriminación contra la mujer y se siguen presentando obstáculos que afecta a su desarrollo integral, las expresiones más visibles de la violencia contra las mujeres son el feminicidio, la violencia física, como también se puede percibir la violencia simbólica que sigue siendo normalizada por sus costumbres, control de la sociabilidad, menosprecio y la descalificación intelectual y profesional.
El «silencio» no es un mecanismo de ayuda, porque para «sobrevivir en la frontera, debemos primeramente vivir sin fronteras, y ser siempre ese cruce de caminos», para romper el propio silencio de la rutina de la hegemonía (relaciones de poder) y los viejos escenarios arcaicos.
Todavía es posible soñar un país en donde no exista los estigmas sociales por ser mujer, indígena, afro, campesina, fronteriza o pobre.
¡Todas las mujeres indistintamente del lugar de dónde venimos o donde vivimos, debemos ser tratadas en igualdad de oportunidades con equidad!
Zoe L. Rivera M.
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