Todos nos felicitamos por los avances que se han dado en los últimos años; progresos indudablemente considerables, cuyos principales actores, obviamente, son las universidades que han implementado nuevos sistemas de trasmisión de conocimientos, los cuales han aportado al desarrollo económico y social del país.
A este respecto el acuerdo es unánime. No obstante, la euforia no es completa. Tenemos tantos adelantos, sin embargo, poco o nada hemos avanzado en cuanto tiene relación a la formación en el campo de los valores y el compromiso con la sociedad, tanto de los graduados como de los estudiantes de dichos centros de estudio. Consideraciones que desconciertan a muchos y los irrita a otros. Se oyen reclamos, en voz alta y baja. Se incrimina que la acción de las universidades, en los niveles de pregrado y posgrado, se limitan simplemente a la transmisión de conocimientos y no a la enseñanza del cumplimiento del deber, de la dignidad y de la moral.
En medio de tanta discordancia, ¿cuál es la conducta que debe razonablemente observarse? Ir avante, sin ninguna certidumbre, ¿casi a tontas? ¿O cambiar los sistemas de enseñanza?
Si tantas cosas del pasado han llegado a ser discutibles, pienso que merecen una revisión urgente.
En este marco nada más importante que empezar a formar un profesional humanista, es decir: “una persona capaz de ver al mundo desde una perspectiva diferente, segura de realizar cada una de sus acciones de manera prudente y ecuánime, velando siempre por la justicia y la equidad para con sus semejantes”.
Esa es la nueva alba de la educación.
Jaime A. Guzmán R.
jaimeantonio07@hotmail.es