En junio, en la provincia de Loja, empieza a sentirse el verano. Las últimas lluvias cayeron el mes pasado y el paisaje cambia de tono. En Espíndola, rodeada de agua, la producción no para. El otro día, veíamos asombrados como, en una pequeña granja porcina, tenían una piscina con tilapias, sembríos de tomate, cebolla, arveja, yuca y maíz. No faltaban las plantas de café y caña de azúcar. Había un espacio reservado para la fresa y un buen número de frutales. Incluso, descubrimos una mata de canela y un arbusto de olivo. Por demás está citar las gallinas, de postura y engorde, que completaban el cuadro.
Pascual, su propietario, no ingresó a la universidad, pero no ha dejado de prepararse. Conoce de riego, busca entender el efecto de los abonos y es curioso sobre nuevos métodos para mejorar la productividad. Alguna vez ha tenido cierta ayuda del Estado, pero sueña con poder comprar un tractor.
No siempre le ha ido bien. El año pasado, los precios del maíz jugaron en su contra y perdió dinero. Se esfuerza, mes a mes, por cumplir con las cuotas de un préstamo que adquirió en una cooperativa para resarcir el perjuicio. La entidad financiera presiona cada vez que se incumple el plazo y amenaza con embargar sus bienes.
Sin embargo, no pierde la calma. Invariablemente alegre y bromista, tiene una sólida fe en el agro. Al fin y al cabo, la gente de la cooperativa también come. Sabe que, de pagarés, no vive el hombre.
Gabriel U. García T.
@gulpiano1