Este juramento silenció a un coliseo (y por qué el otro fue una burla)

Hace unos años, un estudiante se volvió viral por bailar reggaetón en lugar de marchar durante el Juramento a la Bandera. Consiguió hacer reír a todo un país. Hace unos días, en un colegio de Loja, otro estudiante hizo el mismo juramento y logró que un coliseo entero se quedara atónito al escucharlo. Misma edad. Mismo ritual. Resultados opuestos.

La diferencia no fue el talento. Fue la voz.

En segundo grado, mi profesora Delia Serrano nos enseñaba algo que ella llamaba «leer con prosa»: mirar dos o tres palabras adelante, levantar la vista hacia el público, volver al texto, subir el volumen en un punto, bajarlo en otro, respetar los silencios. Nunca fue una clase de lectura. Era, sin que lo supiéramos entonces, una clase de cómo decir algo para que alguien más lo sienta.

En la maestría, mi profesor de epistemología de la comunicación, Nelson Reascos, decía algo que yo nunca había escuchado: la voz no es un don, es una tecnología. Probablemente la más importante que ha inventado la humanidad, porque nos permite darle forma a lo que solo existe en la cabeza. Y como toda tecnología, se aprende a operar. Igual que aprendemos a conducir.

Eso significa que el joven que silenció al coliseo nació sin ese poder. En algún punto alguien se lo enseñó, o él mismo lo cultivó a punta de prueba y error.

El problema es que, como adultos, asumimos que por el simple hecho de saber hablar, ya sabemos usar la “tecnología de la voz”. Y entonces, sin entrenamiento, llegamos a nuestros propios juramentos a la bandera: la presentación ante la junta, el discurso que te toca dar, el video que nunca grabas.

La pregunta no es si tienes o no el don. Es si ya empezaste a entrenar la herramienta más poderosa jamás inventada.

¿Cuál es tu próximo juramento pendiente?

Marlon Tandazo Palacio

hola@marlontandazo.com

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