En Ecuador, la corrupción no siempre camina disfrazada de delito; a veces se viste de astucia, se perfuma de poder y se presenta como éxito. Esa es la tragedia de la llamada “viveza criolla” que Osvaldo Hurtado analiza en Las costumbres de los ecuatorianos: pasarse de listo, burlar las reglas y hacer dinero perjudicando al otro. Este término proviene de los tiempos de la colonia donde los aborígenes fueron explotados por la Corona Española, años después, con la independencia, algunos hijos de españoles llamados criollos se beneficiaron del nuevo orden político y social.
Nuestra historia parece un espejo roto: cada fragmento refleja una época distinta, pero el mismo rostro. Frases como “copiona, pero prefecta soy”, demuestran el nivel de decadencia al que ha llegado la política en un gobierno capitalista, que dice ser el gobierno de la meritocracia y debería premiar el esfuerzo, la innovación y la competencia, al contrario, este sistema ensalza al tramposo y hace de la trampa una fórmula de éxito. El problema aquí no es la riqueza sino el construirla sobre las ruinas ajenas porque cuando la viveza produce dividendos y la honradez apenas alcanza para sobrevivir, la sociedad termina confundiendo al pícaro con el triunfador.
Lo triste de esta historia es que quienes hacen apología de la trampa suelen ser los mismos que repiten “el pobre es pobre porque quiere” “los políticos ricos no roban porque ya tienen todo” “el rico vive del tonto y el tonto de su trabajo” y así han convertido al Ecuador en un país donde la viveza es premiada y termina enseñando a sus ciudadanos que ser honesto es ser ingenuo. Y ahí está el verdadero fracaso: cuando la trampa deja de avergonzarnos y empieza a parecernos una virtud.
Jorge Abad
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