Loja, capital de la decadencia

Se acercan las elecciones y Loja inaugura su habitual y patético circo político. Los mismos oportunistas que hasta ayer se escupían veneno, hoy se abrazan sin pudor, saltando de partido en partido por una cuota de poder. Esta obscenidad política es la causa directa de nuestra ruina física: transitamos por carreteras destrozadas, esquivando cráteres que son el monumento vivo a décadas de estancamiento y de un nulo desarrollo urbano.

Sin embargo, la miseria de nuestras calles palidece ante la podredumbre de nuestro tejido social. El abandono institucional ha engendrado un monstruo: la pobreza infantil se multiplica, el consumo de drogas devora a los jóvenes y los sicariatos han dejado de ser una anomalía para convertirse en rutina. Vivimos bajo un sistema tan descompuesto que es capaz de mantener a un padre pudriéndose en la cárcel por una denuncia falsa, mientras los criminales operan con total impunidad.

¿Y cómo reacciona la sociedad lojana ante esta barbarie? Con una indiferencia pasmosa. La ciudadanía prefiere revolcarse en el chisme barato, el rumor y la superficialidad, antes que organizarse y exigir soluciones. Nos indigna más la vida privada del vecino que la sangre derramada en nuestras propias veredas.

Todo esto confluye para desnudar nuestra farsa más vergonzosa: esa absurda insistencia en autoproclamarnos la «capital cultural» del país. Es un chiste macabro. La cultura brilla por su absoluta ausencia en una urbe violenta, apática y frívola.

Si queremos que esta ciudad sobreviva, debemos dejar de mirar hacia otro lado; ya es hora de ser sinceros con nosotros mismos y asumir nuestra parte de culpa.

Victoriano B. Suárez Álvarez

victorianobenigno@gmail.com

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