10 de agosto, entre la historia y la deuda social

Cada 10 de agosto, el Ecuador amanece solemne. Flamean banderas, se escuchan himnos y discursos llenos de próceres, hazañas, gloria y libertad. Durante unas horas, todos parecemos tan patriotas. Termina la ceremonia y doblamos las banderas, archivamos la historia y regresamos a un país donde la libertad no se vive de la misma manera para todos.

La ruptura política del 10 de agosto de 1809 no fue una independencia definitiva, pero inició el proceso emancipador que abrió camino en Sudamérica, que puso un hito y demostró que era posible cuestionar el poder.

Recordar aquella fecha nos exige reflexión, sin embargo, se ha convertido en una escena escolar repetida de memoria con estudiantes disfrazados de próceres, autoridades acomodadas en primera fila, desfiles y discursos tan elocuentes como inofensivos. Así, la historia se reduce a una estampa; la libertad, a una palabra; y la patria, a una bandera que flamea mientras el país real continúa esperando.

¿Será antipatriótico preguntar qué independencia celebramos cuando hay ecuatorianos con hambre, miedo y falta de oportunidades? ¿De qué libertad hablamos cuando debemos elegir entre alimento y medicina; cuando en las calles campea la delincuencia; o cuando comunidades enteras solo aparecen en el mapa durante las campañas electorales?

Es justo y necesario que cada 10 de agosto celebremos con menos bulla y mayor honestidad. Honremos a quienes desafiaron el poder de su tiempo conservando la capacidad de cuestionar cualquier poder que pretenda volverse intocable.

Quizá la pregunta verdaderamente patriótica sea: ¿qué estamos haciendo para que en el Ecuador se pueda vivir con dignidad y libertad?

Zoila Isabel Loyola Román

ziloyola@utpl.edu.ec

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