Vida sin consecuencias

He cruzado suficientes fronteras y vislumbrado la maquinaria estatal en cuarenta países para confirmar una verdad ineludible: la burocracia es un idioma global, pero la desidia del funcionario es una auténtica obra maestra.

Desde el análisis del comportamiento humano, el misterio de la ventanilla gubernamental tiene una explicación absurdamente simple. No es maldad pura; es simple condicionamiento operante. ¿Qué ocurre cuando a un individuo le extirpas cualquier consecuencia directa por sus acciones? Se apaga. Si resolver un trámite en cinco minutos o demorarlo cinco meses genera el mismo depósito bancario a fin de mes, el cerebro elige la ruta de menor resistencia y conserva energía. Es biología básica disfrazada de incompetencia administrativa.

En la práctica clínica privada, o en cualquier aula universitaria que se respete, el mal desempeño acarrea un costo fulminante: pierdes pacientes, pierdes alumnos, pierdes prestigio y dinero. En contraste, dentro del hermético ecosistema del servidor público, el mal desempeño se premia con una envidiable estabilidad vitalicia. Hacerlo bien exige un desgaste cognitivo que este sistema no solo ignora por completo, sino que activamente penaliza. El burócrata eficiente es percibido como una amenaza directa por sus pares, una suerte de rompehuelgas del letargo.

Por lo tanto, la dejadez jamás será una falla del sistema; es la característica central de su diseño. Hemos normalizado un zoológico laboral sin incentivos ni depredadores, donde basta calentar una silla y mirar con desdén al ciudadano para asegurar la supervivencia.

Quizás la verdadera patología clínica no sea la apatía estatal, sino nuestra masoquista tolerancia colectiva ante toda esta insoportable y perenne mediocridad burocrática.

Victoriano Suárez Álvarez

victorianobenigno@gmail.com

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