La política y la realidad ecuatoriana parecen haberse convertido en un abismo sin fondo. Cada vez que creemos que el país no puede caer más bajo, surge un nuevo escándalo, una injusticia más evidente o una demostración adicional de indiferencia frente al sufrimiento ciudadano.
Los problemas económicos de las familias ya no solo se ocultan: también se justifican. La falta de empleo digno, el endeudamiento, la precariedad, el deterioro de los servicios públicos y la imposibilidad de cubrir las necesidades básicas se presentan como hechos normales e inevitables. Mientras tanto, la violencia se incorpora a la vida cotidiana y la justicia continúa actuando con mayor rapidez y eficacia para quienes poseen poder, influencias o dinero.
Sin embargo, lo más preocupante no es únicamente la crisis, sino la forma en que comenzamos a acostumbrarnos a ella. Muchas personas interpretan el país desde la comodidad de su propio metro cuadrado y se molestan cuando alguien les recuerda que, fuera de su realidad inmediata, existen pobreza, inseguridad, abandono e impunidad.
Ecuador no necesita más propaganda, discursos vacíos ni candidatos improvisados. Necesita ciudadanos exigentes, instituciones independientes, justicia imparcial y autoridades preparadas. Cuando la mediocridad se normaliza y la indignación desaparece, tocar fondo deja de ser una tragedia momentánea y se convierte en una forma permanente de vivir.
Santiago Ochoa Moreno
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