La soberbia y la miseria, cuando el agradecimiento estorba

La reciente viralización de imágenes donde toneladas de donaciones internacionales son desechadas o tratadas como basura por damnificados en Venezuela no es un simple suceso logístico; es el síntoma de una metástasis social. Resulta indignante observar cómo, en medio de la tragedia, la soberbia se impone sobre la necesidad. ¿Cómo puede quien recibe auxilio tener la audacia de juzgar la calidad de una prenda donada o la procedencia de un recurso que llega del esfuerzo ajeno? No discuto que habrá gente que dona cosas inservibles, o alimentos perecibles, pero ¿Dónde está la difusión de información sobre lo que se requiere…en el momento oportuno?

No nos engañemos, esta actitud no es vulnerabilidad, es arrogancia con soberbia. La solidaridad es un ejercicio de reciprocidad, no una obligación para satisfacer caprichos de quienes, al parecer, se sienten con el derecho de exigir cuando no tienen nada. Es una falta de respeto atroz hacia el donante que, muchas veces, se priva de lo propio para enviar ayuda a quienes considera hermanos en desgracia.

Lo más patético no es el rechazo a la ayuda, sino el silencio cómplice ante quienes realmente los han condenado a la precariedad. Es un ejercicio de cobardía política; el mismo que desprecia una caja de ropa porque no es de su gusto o no cumple sus exigencias, guarda silencio frente a las «cajas de fósforos» —edificios construidos bajo la miseria del chavismo y madurismo— donde están viviendo.

Ante el sistema que los gobierna no hay reclamos, ni exigencias. Prefieren exigirle al mundo que los auxilia, que reclamarle al gobierno que los destruyo y los destruye. Eso se llama complacencia con la mediocridad y la corrupción, intentando ocultar la humillación personal atacando a quienes les extienden la mano.

El «malagradecido» no busca soluciones, busca el victimismo. Conducta que produce asco, porque rompe el contrato más básico de la humanidad, la gratitud. Ayudemos, sí, por humanidad. Pero no solapemos la soberbia, ni ignoremos la vergüenza de ver a un pueblo que exige al extranjero lo que no tiene el valor de reclamarle a sus verdugos.

Pablo Ortiz Muñoz

acuapablo1@hotmail.com

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