Hay algo que me inquieta más que los escándalos. Más que la corrupción. Más que la inseguridad. Más incluso que los abusos del poder. Me inquieta la facilidad con la que nos hemos acostumbrado a ellos.
Cada semana aparece una nueva polémica. Contratos bajo sospecha cuyos responsables directos no son investigados, títulos académicos cuestionados, hospitales sin medicinas, ni personal, procesos judiciales para silenciar a contendientes políticos, Comisiones legislativas protegiendo a funcionarios e insultando a Asambleístas opositores. Y, sin embargo, el país sigue avanzando como si nada. Como si fuera normal.
Tal vez nos convencieron de que cuestionar es hacer oposición. De que pedir explicaciones es odiar. De que exigir transparencia es ser parte de alguna conspiración política. Y así, poco a poco, la verdad dejó de importar. Lo importante ahora parece ser quién dice las cosas y no si son ciertas.
Mientras tanto, algunos medios han decidido abandonar la incómoda tarea de fiscalizar al poder para convertirse en comentaristas de sus “éxitos”. Las preguntas desaparecen. Las contradicciones se suavizan. Los problemas se maquillan. Y el ciudadano recibe una realidad cuidadosamente editada, como quien observa un escaparate limpio mientras detrás del local se acumula el desorden.
Lo más curioso es que muchos de quienes hoy defienden cualquier actuación gubernamental serían los primeros en denunciarla si viniera de otro sector político. Ahí está la trampa: hemos reemplazado los principios por las simpatías.
La democracia no muere únicamente cuando se rompe una Constitución. También se debilita cuando una sociedad deja de distinguir entre información y propaganda, entre justicia y conveniencia, entre ciudadanía y fanatismo.
Y quizás esa sea la pregunta más incómoda de todas: ¿qué es más peligroso para un país, los errores de quienes gobiernan o el silencio de quienes ya dejaron de sorprenderse ante ellos?
Álex Daniel Mora Arciniegas
alexmorarciniegas@gmail.com