El portazo electoral en Colombia no es un hecho aislado; es el último síntoma de un mapa latinoamericano que se está tiñendo de azul a punta de descontento. Y como siempre, la izquierda internacional, subida en su pedestal de superioridad moral, no la vio venir. Se llenaron la boca dictando desde Twitter cómo debía votar el «pueblo», metidos en una burbuja de discursos perfectos pero desconectados del estómago de la gente. Su incapacidad para anticipar este giro no es mala suerte; es pura ceguera ideológica de quien se cree dueño de la verdad.
Pero ojo, que la derecha celebre este auge regional no significa que tengan el juego ganado. En Latinoamérica sabemos bien que el cambio de bando suele ser un salto de la sartén al fuego. Esta nueva ola conservadora avanza empujada por el voto castigo y el miedo, no por propuestas brillantes. Es una derecha reactiva, experta en capitalizar la bronca callejera, pero que históricamente padece de la misma miopía: elitismo, recetas gastadas y un tufillo autoritario en cuanto se acomodan en el poder.
La región no está comprando manuales ideológicos; está votando desde el cansancio y la supervivencia. La gente se cansó de los sermones de izquierda y del abandono de derecha. Reducir este giro a una batalla de buenos contra malos es seguir sin entender un carajo. Mientras la política internacional se debata entre la soberbia de unos y el revanchismo de otros, las urnas seguirán siendo el espacio donde los ciudadanos castigan a los que gobiernan desde las nubes.
Victoriano B. Suárez Álvarez
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