En tiempos en que el país se prepara para nuevas elecciones seccionales, surge una reflexión necesaria: el verdadero liderazgo no se mide por la edad, el género, la apariencia ni los discursos emocionales. El liderazgo auténtico se demuestra con acciones concretas, propuestas viables y resultados que beneficien a la ciudadanía.
Durante años, muchos electores han cometido el error de elegir autoridades por simpatía, popularidad momentánea o campañas de marketing político. Sin embargo, las elecciones locales son diferentes. En un municipio, prefectura o junta parroquial no existe el arrastre del Ejecutivo; lo que realmente pesa es la trayectoria del candidato, su capacidad de gestión y el equipo humano que lo acompaña.
Un alcalde administra una ciudad. Un prefecto debe impulsar desarrollo vial, productivo y social. Un dirigente barrial debe resolver problemas reales y no limitarse a discursos.
Reducir el debate político a si una persona es joven o adulta, hombre o mujer, le hace daño a la democracia. Existen jóvenes con visión innovadora y adultos con experiencia valiosa. Hay mujeres y hombres plenamente capaces de liderar con responsabilidad. El problema no es la edad ni el género; el verdadero riesgo aparece cuando se elige improvisación en lugar de preparación.
Las malas decisiones electorales generan consecuencias económicas profundas: obras paralizadas, pérdida de inversión, desempleo y atraso local. Pero esta responsabilidad no recae únicamente en los ciudadanos. Los partidos y movimientos políticos también tienen el deber de seleccionar candidatos preparados, con visión de desarrollo y compromiso con sus comunidades.
La ciudadanía debe votar con conciencia, analizar propuestas y priorizar la capacidad de gobernar. La política seccional necesita menos espectáculo y más gestión eficiente para construir ciudades con verdadero futuro.
Mayra García Calle
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