Si al terminar el día hacemos un recuento de lo que hemos hecho y vemos que todo nos ha salido bien, dormiremos tranquilos esperando que al otro día nos ocurra lo mismo.
Es justo y se anhela que todo esté bien hecho. Exigirnos a nosotros mismos a ser perfectos es encomiable y satisfactorio. Si ponemos todo nuestro empeño y esfuerzo, vamos a lograr mejores resultados. “Haz bien lo que haces” es una buena máxima para alcanzar lo que queremos obtener, ya que se nos pide poner todos nuestros sentidos en conseguir que salga bien lo que hacemos. Los resultados están en relación directa con nuestra disposición de hacer lo mejor.
Estamos viviendo una época en que esperamos siempre la perfección, (especialmente si se trata de que otros la hagan). Cualquier error o descuido es penalizado, aunque solo sea con comentarios que no siempre llegarán a la persona que no ha cumplido las expectativas. A cada paso escuchamos las quejas contra toda autoridad de turno o contra cualquier ciudadano, muchas de ellas, talvez, sin una base real. También nos culpamos nosotros mismos porque cometimos algún error o demora en nuestras acciones.
Buscar frenéticamente la perfección puede convertirse en un camino de frustraciones, esperando demasiado de los demás o de uno mismo. Debemos estar conscientes de que somos seres humanos y no dioses que nunca deben equivocarse. Debemos perdonar a los otros sus fallas y perdonarnos también a nosotros. La humildad, entendida como una aceptación personal, es una virtud que debemos fomentarla para ser más comprensivos y benevolentes con todos, ya que el perfeccionismo nos impide corregir las fallas debido a la sobrecarga de reclamos ineficientes que provienen de una sobrevaloración personal.
Y es que el perfeccionismo viene a ser otro disfraz de la soberbia.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com