El viernes 1 de mayo, en el mundo entero, se celebra el Día Universal del Trabajo, fecha memorable que recuerda las cruentas manifestaciones de los trabajadores en Chicago, en 1886, procurando justas reivindicaciones salariales y horarios humanitarios de actividad laboral (exigían jornadas de 8 horas diarias, pues, se les obligaba trabajar entre 12 y 16 horas por día). Obviamente, la historia rememora que las represiones fueron atroces por parte de los empleadores y la sangre de los obreros fue ofrendada para que futuras generaciones disfruten de mejores días.
Cada año, en las diferentes ciudades del mundo, el recordatorio tiene diferentes matices: en unos casos con marchas multicolores con participación masiva de trabajadores y otros organismos sociales, con proclamas que recuerdan a los mártires de Chicago; en otros casos, con protestas que llegan a severos enfrentamientos con las fuerzas del orden, cuando los reclamos se ajustan a mejoras laborales y salariales; y, sobre todo, a tener la posibilidad de poder trabajar, como una necesidad imperiosa de supervivencia.
El derecho al trabajo en Ecuador es un mandato constitucional (Art. 33) que lo define como un derecho y deber social, fuente de realización personal y base económica, gozando de protección estatal. El Estado garantiza la dignidad, justa remuneración, estabilidad laboral, prohibición de la precarización y tercerización (Mandato 8), y la irrenunciabilidad de derechos.
Si leemos el contexto legal, son expresiones llenas de buenas intenciones y justas aspiraciones; sin embargo, la realidad está muy lejos de abarcar a todos los ecuatorianos pues, cuando hablamos de trabajo, entendemos a la actividad ya pública ya privada, en la que los empleados cumplen un horario de 8 horas diarias con sueldos que parten como mínimo del básico y van ascendiendo de conformidad con los años y las funciones que cumplen, con derecho a disfrutar de todos los beneficios que la ley dispone. Las estadísticas dicen que, aproximadamente el 36% de compatriotas (3.2 millones) están ubicados en esta categoría. ¿Y el resto? son los informales, aquellos que realizan trabajos ocasionales y que superviven con ingresos que apenas les alcanza para cubrir sus necesidades imperiosas; ¿y los que no son ni siquiera informales? Solo Dios sabe cómo viven. El Gobierno está en deuda con ellos.
Darío Granda Astudillo
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