El libro, prescribe la Real Academia Española, es un “conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. Pero hoy vale apartarse de ese formalismo: los libros no son objetos, son seres vivificantes.
Uno, maravillado y absorto, los mira, los toma, los percibe, los abre con ansiosa cautela. Recorre sus páginas, se detiene en fragmentos, lee la contraportada, vuelve al inicio o, caprichosamente, empieza por el final. Hay algo en su textura, en la tipografía, en los colores de la portada, que seduce antes incluso de comprender. Y entonces, tras una breve consulta al bolsillo, el libro pasa a ser nuestro.
De la seducción en la estantería libresca se transita a la intimidad de la biblioteca personal. Allí comienza una relación más cercana, más intensa. Como lector uno se entrega con hermosa locura; subraya, se detiene, se desconcierta, se entusiasma. A veces una sola frase basta para reventarnos el entendimiento, interrumpir el curso de la lectura y obligarnos a pensar en su magnificencia, en lo que provoca.
Por eso, el libro deja de ser un mero objeto entre otros. Es un hermoso ser que acompaña: alegra o inquieta, afirma o cuestiona, ofrece certezas o abre nuevas dudas. Nos interpela, nos transforma, nos sugestiona, nos vuelve —quizá— un poco más conscientes y, también, un poco más inconformes, acaso como don Quijote con los agravios del mundo. En esa inconformidad nace la necesidad de pensar, de resistir, de imaginar otros universos posibles.
Y tanto es el libro como tanto puede ser el hombre si se fía de ellos y con claridad meridiana, con pasión desmedida, con hambre intelectual se predispone y, lejos de ser indiferente, se sumerge en ese ejercicio dialógico que nos desplaza y nos reconstruye. Porque, así como una casa sin libros es solo una estructura material, una vida sin lecturas es una vida que se queda en su propia superficie.
Y aunque ayer, 23 de abril, celebramos su día, nos queda el aliciente de su inmortalidad, el hecho mismo de que los libros de nuestra biblioteca nos esperen siempre con vehemencia y lealtad. Así como aquellos que están aún en la librería. No sabemos exactamente cuáles son, pero sí que llegarán a nosotros como fresco vendaval acaso, como ineludible remedio ante la debacle de la dignidad del mundo.
José Luis Íñiguez G.
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