Despierto cada mañana quejándome de lo caro que está el café. Parece una molestia pequeña, casi doméstica. Pero basta encender las noticias para encontrarme con un país perfecto, uno donde todo marcha bien, donde las cifras tranquilizan y los discursos insisten en que avanzamos, aunque no entiendo hacia dónde.
Al salir a la calle, la historia es otra, el café no es lo único caro. La pobreza no se oculta, el desempleo se siente en cada esquina, la delincuencia se vuelve parte del paisaje y el esfuerzo diario ya no garantiza una vida digna. Trabajamos más, resistimos más, pero el salario no alcanza. No alcanza para vivir con tranquilidad, no alcanza para sostener a la familia, no alcanza para planificar el futuro ni para creer que mañana será mejor.
Ese es el gran problema de nuestro tiempo: no solo la crisis que enfrentamos, sino la enorme distancia entre el país que nos cuentan y el país que vivimos. Hemos normalizado convivir con discursos optimistas mientras la realidad golpea con fuerza a millones de hogares.
El país que fingimos es ese que luce bien en declaraciones, pero se resquebraja en la vida cotidiana. Un país donde se celebra la estabilidad desde el poder, mientras abajo crecen el miedo, el cansancio y la frustración. Mientras sigamos aceptando esa versión maquillada de la realidad, seguiremos atrapados en el mismo engaño.
Cambiar el país empieza, quizás, por dejar de fingirlo.
Santiago Ochoa Moreno
wsochoa@utpl.edu.ec